El mes pasado estuve en Salamanca. Es una ciudad preciosa. Ya había estado hace tiempo, pero me encantó volver a vivirla. Hicimos una visita guiada por la ciudad y de nuevo pude apreciar el valor de contratar ese tipo de servicios. Mi mujer ha insistido en el tema desde que empezamos a viajar con cierta asiduidad, y tiene razón.
En la visita, además de enterarnos realmente de lo que estábamos viendo y de la historia que hay detrás de cada pequeño detalle, la guía nos ilustró ciertas palabras y frases hechas que usamos diariamente y de las que, yo al menos, desconocemos su significado. Os voy a comentar una que me gustó. El “derecho al pataleo”.
En Salamanca, como en muchos otros sitios, en la Edad Media imperaba una cultura de clases claramente diferenciadas. Una manifestación de la misma tenía lugar cuando se celebraba algún evento significativo en la Universidad. En éstos, en las primeras filas se sentaban los nobles, a continuación los estudiantes de buena posición, y así sucesivamente hasta el personal al que correspondía sentarse en los últimos bancos (o quedarse de pie al final). Esa ubicación era la de los estudiantes pobres que dependían de alguna de las clases sentadas un poco más hacia delante.
¿Y acababa ahí el clasismo en esos eventos? ¡No hij@, no! En aquellos tiempos el tema era un poco más sofisticado. Todos sabemos que en Salamanca, (además de bonito) todo es auténtico. Y el frío no iba a ser menos. De forma que cuando éste dice ¡allá voy!, pues eso, que ¡allá va de verdad! Y siendo esto así, ¿iban los nobles a permitir que sus traserillos quedaran expuestos al glacial contacto de los bancos de la Universidad distrayéndoles de la función? ¡Ni pensarlo! Idearon una solución. Los estudiantes pobres de las últimas filas debían acudir un buen rato antes del evento a sentarse en los asientos principales para calentarlos. De esta forma, cuando llegaran los nobles, a última hora, se encontrarían los asientos calentitos y listos para su uso.
En ese momento, a los afortunados “calienta asientos” les llegaba el momento de trasladarse a su sitio para asistir al evento. Sitios, que, desde luego, nadie había calentado y que les congelaba el cuerpo empezando por “salvas sean sus partes”.
Los estudiantes en esa situación, para entrar en calor, reclamaron el derecho a patalear durante al menos cinco minutos antes del inicio de la ceremonia. Como el frío que hacía debía de ser mucho, el rectorado se avino a razones y resolvió concederles ese derecho. Con lo que se ganaron el “derecho al pataleo”.
Interesante, ¿no?
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